El notariado catalán nace en el inicio del siglo XIII insertado dentro del sistema notarial latino y gracias a la conjunción de diferentes factores, pero sobre todo como resultado de la recepción del derecho común, síntesis de los derechos romano justinianeo, canónico, imperial lombardo y feudal. Esta recepción se inicia en Bolonia a finales del siglo XI y se manifiesta plenamente en el siglo XII, en Italia con la escuela de los glosadores y en Francia con la de los legistas. Así, podríamos afirmar que el notariado es un elemento común y aglutinador de la mayoría de las naciones -especialmente de las mediterráneas- en el momento de configuración del concepto de Europa.
Por tanto, es lógico que los contactos de los notarios de Barcelona con su entorno fueran frecuentes y fructíferos en el transcurso de los siglos. Por ejemplo, algunos notarios se formaban o ampliaban estudios en universidades italianas como Bolonia, y todas las bibliotecas de los notarios catalanes contaban con tratados de los juristas clásicos italianos. Igualmente, en el siglo XV, varios notarios hicieron de embajadores ante Alfonso el Magnánimo, establecido en Nápoles; incluso, desde allí continuaron su protocolo y, al volver, esparcieron las nuevas corrientes humanistas recibidas. También, en el inicio del siglo XVIII, algunos notarios acompañaron el Archiduque Carlos a la Corte de Viena y formaron parte de sus órganos de gobierno.